Café de Papel

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Si tuviera siete vidas…

4 comentarios


Viendo “La 2”, me descubro nostálgica ante aquello que quise ser y no fui.

Se trataba de un reportaje sobre la supuesta “maldición” de Tutankamon y de cómo ésta fue capaz de acabar con la vida en “extrañas circunstancias” de prácticamente todo el equipo de arqueólogos y especialistas que descubrieron su cámara funeraria en el Valle de los Reyes (Egipto), en 1922. Por supuesto, el documental descartaba esta hipótesis al intentar explicar que, probablemente, todos los que tuvieron acceso al recinto sagrado, pasando por el director de la campaña, Howard Carter, hasta Lord Carnavon, mecenas que sufragó cinco años de búsqueda, respirasen un aire concentrado de hongos y microorganismos que podrían haber causado una infección en personas sanas.

A pesar de los riesgos biológicos a los que se expusieron sin saberlo y de cuántas desgracias más pueden sucederse en una campaña arqueológica de antaño, no dejo de pensar qué habría sido de mí si hubiese estudiado Arqueología, una disciplina que de pequeña tanto me entusiasmaba y de la que afirmé que terminaría ejerciendo. Y sin embargo, derroteros de la vida, dedico los días a trabajar en periodismo…

Con el tiempo he llegado a entender que tampoco ni una ni otro se diferencian tanto -que me perdonen los ortodoxos del método-… La Arqueología y el Periodismo buscan una verdad, un motivo, una razón de ser que explique un poco mejor el contexto en el que se mueven, salvo con la distancia, nunca mejor dicho, del tiempo. En ambos, se rastrea, se analiza, se disecciona y se desempolva aquello que está oculto o escondido a los ojos de la sociedad y finalmente, tarde o temprano, esa verdad consigue ver la luz. Así que, en el fondo, me siento un poco arqueóloga de la información del mundo contemporáneo…

Aunque Tutankamon, el faraón niño no es ni mucho menos un genio que concede deseos, si como dueño y señor del inframundo me dijese “ahora vagarás siglos y siglos durante toda la eternidad”, le diría que sí pero procuraría llegar a un acuerdo, ahora que está tan de moda, para tener otras vidas y creo que con siete serían suficientes.

No lo dudaría. Daría marcha atrás en el tiempo y querría ser del grupo de Howard Carter y estar años bajo el solajero egipcio, cogiendo polvo, moreno y cruzando los dedos para no pillar una infección respiratoria entrando y saliendo de tanta tumba, ni un melanoma…

Si me aburro de tanta expedición arqueológica, me pediría ser un sillar del Partenón, para ver pasar los siglos, resistir los embates del tiempo y las tragedias de la historia desde la Acrópolis y aquí, mantenerme en pie a pesar de haber estallado como polvorín en manos de los turcos; y dejarme poner guapa con tanta restauración a pesar de que Inglaterra se llevó todo cuanto pudo del templo dedicado a Atenea. Y sería feliz, porque vería como cada día algún turista se derretiría por mis huesos -o por mis aristas desgastadas- viendo como le daba el mal de Stendhal abrumado por lo que contempla.

Tampoco estaría mal ser La Gioconda y así descubrir el verdadero motivo por el que sonrío pícaramente sin que nadie aún haya averiguado con certeza a qué se debe y por qué sigo con la mirada a todo aquel que me observa en el museo del Louvre; pero sin duda alguna, merecería la pena ser Mona Lisa por conocer a Leonardo da Vinci, humanista por excelencia y creador donde los haya para impregnarme de su sabiduría y con algo de suerte, adquirir a pinceladas un poquito de su talento.

Cambiando de aires, como todo en el camino no son rosas, no descartaría ser saxofonista de big band durante los años 30 en Estados Unidos, aspirar el humo cargado de bares y de interminables jam sessions, aprender de los grandes compartiendo alguna actuación que otra y dejándome arrastrar por el pecado, las drogas y el alcohol…

Me redimiría en la siguiente vida convirtiéndome en ola de mar para ver mundo, conocer los secretos de las profundidades del océano, transportar botellas con mensajes de náufragos y enamorados, transformarme en espuma y salpicar de salitre a los curiosos que osan asomarse a las avenidas marítimas. Y si ser oleaje no es capaz de convencerme, entonces le robo una camisa de lino o de encaje a Jack Sparrow para hacerme pirata y cabalgar en navíos en busca de ron, perlas y tesoros. Izar la bandera de las tibias y la calavera, y emulando al mejor Sabina y al maestro Espronceda, recitar “con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín. Bajel pirata que llaman por su bravura, El Temido, en todo mar conocido del uno al otro confín”.

Como el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, volvería a caer en lo mismo… Intentaría sobrevivir como periodista, rodeado del sonido de las teclas de las antiguas máquinas de escribir donde ni el móvil, ni Facebook ni Twitter se adelantaban a las circunstancias y donde el valor del trabajo se concentraba en el ingenio, la constancia y la paciencia.

Con estas siete vidas tengo, al menos, para rato.

Autor: Sonia Rodríguez

Desde 2001, la comunicación, en todos sus aspectos, forma parte de mi vida profesional. Después de conocer 'qué' se cuece y 'cómo' se cuece en los medios, actualmente trabajo en Metrópolis Comunicación, una empresa especializada donde desempeño la responsabilidad de coordinar un gabinete de prensa de una institución sanitaria. Una experiencia que me permite poner en contacto a profesionales de radio, prensa y televisión con especialistas del ámbito de la sanidad, la salud, la ciencia y la investigación biomédica.

4 pensamientos en “Si tuviera siete vidas…

  1. Querida amiga, me encanta esto que has escrito. Yo, si tuviera 7 vidas, pediría encontrarme contigo en cada una de ellas. ¡Felicidades!

    • Ni siquiera lo mencioné porque tengo el convencimiento de que, aunque pasen siglos o viviésemos en puntos tan distantes como extraños, sé que de una forma u otra, nos encontraríamos siempre!!! Cambiaría todo el ron del mundo, las perlas y los tesoros por vernos de nuevo, de aventura en aventura!

  2. Yo en vez de 7 vidas me conformaría con 10 años menos:

    “Si fuera diez años más joven, qué feliz
    y qué descamisado el tono de decir:
    cada palabra desatando un temporal
    y enloqueciendo la etiqueta ocasional.” (S. R.)

    Saludos

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